La Palmilla se convierte en un laboratorio de convivencia

08.11.2016

La calle bulle y el puesto de Abdullah está lleno. «¿Cuánto?», le pregunta un compatriota que sostiene entre las manos una tableta Samsung con el cristal roto. «Y la mesa, ¿qué vale», interrumpe un joven gitano con bolsas en las manos. Abdullah, un tipo delgado y muy hablador, no da abasto. Alguien podría pensar, con semejante trasiego, que no le da tiempo ni a valorar correctamente los artículos, pero su cabeza va a mil. «Yo sé lo que valen las cosas», advierte, sin soltar la tableta de las manos. Y hoy tiene buena mercancía. Al final, se la entrega a su paisano por ocho euros -«tranquilo, funciona», dice, llevándose la mano al pecho a modo de garantía- mientras intenta cerrar el precio de la mesa, de color blanco y algo desconchada por el uso. «Haz tú una oferta», propone el marroquí, que tiene 30 años pero aparenta algunos más. Él pide cinco. El cliente ofrece uno. No hay trato.

El regateo no termina nunca y la puja no tiene límite a la baja. «Lo quieren todo por 50 céntimos, pero hay cosas que valen mucho más», se queja el marroquí tras venderle unos zapatos casi nuevos a Carmen, otra vecina del barrio. «Lo que no han sido capaces de hacer los españoles, lo han hecho ellos», dice el joven gitano que rechaza la mesa, y añade: «Esto parece un zoco de Marrakech».

Pero no lo es. El rastro más barato de Málaga, ilegal, que no clandestino, se instala de lunes a sábado en el antiguo cauce del arroyo y simboliza la Torre de Babel en la que se ha convertido el barrio de Palma-Palmilla. En él conviven una decena larga de nacionalidades: españoles, marroquíes, rumanos, nigerianos, senegaleses, guineanos... Entre los clientes predominan los primeros. Entre los vendedores, los segundos. «Aquí no sacas mucho, lo justo para comer», comenta Abdullah, que mantiene con su trabajo en el rastro a su pareja española y a la hija de ésta.

Fuente: 

https://www.diariosur.es/malaga-capital/201611/06/palmilla-convierte-laboratorio-convivencia-20161105212546.html